La unión enarmónica

Por: Andrés Leonardo Valero Corrales, 11A


En el corazón de una tierra desconocida, se alzaba majestuosamente la Academia de Armonías Místicas, una escuela musical legendaria conocida por acoger y adoctrinar a los más dotados y prometedores músicos de todo el globo. Aquí, la música fluía como un río, atravesando valles inmensos de melodías y armonías, y cada rincón del castillo resonaba con la sinfonía de los ensayos y las interpretaciones.

Los jóvenes aspirantes a músicos llegaban a la academia con un sueño en común: convertirse en los mejores intérpretes y compositores. Algunos anhelaban destacar en la interpretación de los instrumentos, teniendo el objetivo de lograr la técnica más indicada para transmitir emoción por medio de su sonido y melodía. Otros soñaban con componer piezas que tocaran los corazones de todos los que las escucharan.

El director de la academia era un reconocido maestro de música llamado Amadeo Allegro. Su pelo plateado y sus ojos esperanzadores narraban historias de décadas de dedicación a la música. Era conocido por su estricta pero valiosa guía, y todos los estudiantes lo respetaban profundamente. Bajo su pedagogía, los estudiantes exploraban un recorrido de aprendizaje y crecimiento, donde no solo pulían sus habilidades musicales sino también llenaban de gozo sus almas y espíritus.

Las clases de la Academia eran un encuentro de diversidad. Los estudiantes exploraban la cronología y teoría musical junto a la interpretación de piezas clásicas y contemporáneas. También se dictaban clases de composición, donde los más habilidosos dejaban fluir su creatividad y diseñaban obras que resonarían a través del tiempo.

Pero como en cualquier escuela, también había desafíos que enfrentar. El temido "Silencio del Escenario" era uno de ellos. Cada año, la Academia organizaba un gran concierto al que asistían todos los miembros de la comunidad. Los estudiantes, vestidos con elegantes trajes y atuendos, debían enfrentarse a la ansiedad mientras subían al escenario para mostrar sus habilidades frente a una audiencia exigente.

En ocasiones, la envidia y la rivalidad amenazaban la armonía en la academia. La cantidad de alumnos destacados era bastante alta, así que se percibía normal que esto ocurriera, pero el director Amadeo siempre recordaba a sus discípulos que la música es un constructo de la unión de múltiples participes en la armonía de las notas a través del pentagrama, corrigiéndoles sobre su actitud y enseñándoles que los logros se disfrutan más de la mano de los compañeros.

Un día, la academia enfrentó una grave amenaza cuando un hechicero oscuro intentó robar la reliquia más sagrada de la academia, un antiguo libro de partituras, en el que se encontraba una obra mágica, la “Sonata a la vida”, que se decía que la simple interpretación de esta daba la capacidad de controlar las emociones de las personas. El malvado hechicero deseaba utilizar ese poder para sembrar una oleada de tristeza y desilusión en la academia, para así extinguir las esperanzas musicales de los jóvenes y acabar con la música desde su raíz.

Los estudiantes se unieron para detener al hechicero y proteger la música sagrada, pero pese a sus esfuerzos, el hechicero logró hacerse con la obra mágica. Con esta siendo interpretada en sus manos, el hechicero logró desatar una onda mágica, la cual transmitía a los jóvenes sus pésimos pensamientos respecto a la música. Pero el director Amadeo Allegro no se iba a quedar de brazos cruzados, así que tomó a sus dos estudiantes más privilegiados, Luisa y Esteban, y los incitó a unir fuerzas para improvisar juntos una melodía nueva, capaz de contrarrestar los efectos del hechicero. 

Luisa aportó su talento coral, Esteban se unió con su habilidad para el Saxofón y el maestro Allegro los acompañaba desde el piano. Poco a poco, la calidad y vibra de su composición improvisada chocaba con la onda generada por el hechicero, lo que generaba que los estudiantes salieran del trance de desesperanza. Uno a uno los demás estudiantes comenzaron a unirse a la improvisación, aportando con sus múltiples habilidades.


Finalmente, la unión y la magia de la composición conjunta prevalecieron, y el hechicero fue derrotado. La música estaba a salvo, y la Academia de Armonías Místicas seguía brillando como un pilar de arte.

Con el tiempo, Luisa y Esteban se convirtieron en leyendas musicales, y sus nombres resonaron en todos los rincones del mundo. Pero más allá de la fama, lo que realmente atesoraban era la amistad y los lazos que habían forjado en la Academia. Como reconocimiento, el director Amadeo redactó la composición improvisada y la puso a nombre de estos chicos, quienes fueron considerados los héroes de su escuela, por el talento y determinación mostrada ante la terrible situación.

Así, la Academia de Armonías Místicas siguió prosperando, acogiendo a nuevas generaciones de jóvenes músicos que, inspirados por la sensibilidad de las melodías, buscaron alcanzar sus sueños y dejar una huella imborrable en la academia con su arte. Y desde los rincones de la academia, el legado del director Allegro perduraba, guiando a cada estudiante hacia el camino de la excelencia musical y la sabiduría del alma.


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