La Importancia de las Audiciones y lo que se Siente Presentarse Frente a un Jurado
Por: Sara Valentina Ocampo Ortiz – 10B
Desde que iniciamos nuestra etapa escolar en el Conservatorio de Ibagué, aprendemos que las audiciones de instrumento hacen parte esencial de nuestra formación musical. Estas audiciones nos las realizan desde el grado quinto, y desde ese momento entendemos que no son simples evaluaciones, sino espacios donde se refleja nuestro proceso, nuestro esfuerzo y todo lo que vamos construyendo día a día como estudiantes de música. Cada audición representa un avance en nuestra formación y una oportunidad para demostrar lo que hemos aprendido a lo largo del año.
La preparación para una audición nunca es fácil. Muchos piensan que solo es aprender una pieza, pero los que estamos en este mundo sabemos que es mucho más que eso. Está la parte musical, que quizás es la más complicada: darle expresión a la obra, entender qué quiere decir el compositor, lograr que suene natural. Y además está la parte mental, que casi nadie ve, pero es la más dura: aprender a manejar la presión, los nervios, y ese miedo que aparece justo antes de entrar al escenario.
Los nervios son algo que uno nunca termina de controlar del todo. Por más que uno practique, el día de la audición siempre aparece esa sensación en el estómago, como si hubiera mariposas o un vacío extraño. Es algo que siempre intentamos manejar, pero nunca se va a quitar.
A medida que avanzamos por grados como sexto, séptimo, octavo, noveno y décimo, el nivel de exigencia también va subiendo. Lo que comenzó siendo una audición sencilla se convierte en un espacio mucho más serio, donde se espera que entendamos el contexto de la obra, que analicemos el estilo, que usemos matices adecuados y que mostremos una interpretación con intención. Ya no basta con “tocar la pieza”; ahora debemos interpretarla, darle vida. Cada año, uno siente cómo las audiciones van marcando etapas. Algunas salen increíbles, otras no tanto, pero todas dejan una enseñanza.
Todo este proceso nos lleva a lo que para muchos es el momento más esperado (y más temido): la audición de grado once, que ya es un recital con pianista acompañante. Allí ya no estamos solos. Debemos coordinar con alguien más, escuchar, seguir, ajustar, y eso exige un nivel completamente diferente. Es como sentir que estamos entrando a un mundo más profesional. Vernos ahí, en ese recital, después de años de audiciones desde quinto, es entender que hemos crecido muchísimo.
Las audiciones, al final, son mucho más que una simple nota. Son parte de nuestra formación como músicos y como personas. Nos enseñan a enfrentar el miedo, a no rendirnos, a valorar el estudio constante, y a entender que la música no se trata de perfección, sino de proceso.
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